Ruta seminocturna por los cortijos de Belicena: un paseo entre historia, memoria y paisaje

Una ruta seminocturna por los caminos de Belicena para descubrir los cortijos que aún resisten y recordar aquellos que desaparecieron bajo el crecimiento urbano. Un recorrido de unos 10 kilómetros entre Vega, memoria, arquitectura rural e historias de quienes trabajaron estas tierras durante generaciones. Una forma distinta de caminar por el paisaje y entender de dónde venimos.

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Antes de que caiga la noche, Belicena nos invita a caminar por sus caminos más antiguos, allí donde los cortijos aún guardan la memoria de quienes trabajaron la tierra, levantaron familias y dieron forma al paisaje que hoy conocemos. Algunos siguen en pie, resistiendo al tiempo; otros desaparecieron, pero su nombre permanece entre recuerdos, fotografías y relatos transmitidos de generación en generación. Esta ruta seminocturna quiere devolverles por unas horas la voz, recorriendo cada lugar no solo con los pies, sino también con la mirada de quienes saben que conocer nuestra historia es una hermosa manera de cuidar el futuro.

El punto de partida de nuestra ruta será el 𝗖𝗲𝗻𝘁𝗿𝗼 𝗱𝗲 𝗜𝗻𝘁𝗲𝗿𝗽𝗿𝗲𝘁𝗮𝗰𝗶ó𝗻 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗩𝗲𝗴𝗮 𝗱𝗲 𝗚𝗿𝗮𝗻𝗮𝗱𝗮, instalado en un antiguo secadero de tabaco construido en 1953 y considerado uno de los mejores ejemplos de la arquitectura tradicional de ladrillo y madera que durante décadas definió el paisaje de nuestra comarca. Tras el declive del cultivo del tabaco, el Ayuntamiento de Vegas del Genil inició en 2008 una profunda rehabilitación del edificio, respetando su estructura original y adaptándolo a un nuevo uso cultural y turístico, hasta su apertura al público en 2009. Hoy, este espacio conserva la memoria agrícola de la Vega a través de exposiciones, audiovisuales, antiguos útiles de labranza, salas culturales y un jardín vivo dedicado a los cultivos tradicionales. No es solo un edificio emblemático: es una puerta de entrada a la historia, el paisaje y la identidad de la Vega de Granada.

Junto al Centro de Interpretación de la Vega se encuentra la escultura 𝗔 𝗹𝗼𝘀 𝗟𝗮𝗯𝗿𝗮𝗱𝗼𝗿𝗲𝘀, obra de Assem Al Bacha instalada en 2007 como homenaje a los hombres y mujeres que durante generaciones trabajaron la tierra de Belicena y de la Vega de Granada. Sus dos figuras de bronce, serenas y silenciosas, representan la dignidad, el esfuerzo y la paciencia del mundo rural, convirtiéndose en un símbolo de memoria y reconocimiento a quienes dieron forma a nuestro paisaje y a nuestra historia.

El 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼 𝗖𝗮𝗿𝗱𝗲𝗻𝗲𝘁𝗲 fue uno de los grandes referentes de la Belicena agrícola, situado junto a donde hoy se alza el Centro de Interpretación de la Vega. Con sus fachadas encaladas, patios, molino propio y extensas tierras de cultivo, fue durante décadas un lugar lleno de trabajo, vida cotidiana y memoria campesina. Aunque desapareció físicamente a finales del siglo XX, su recuerdo sigue latiendo en el nombre de una calle, en la antigua prensa de aceite que se conserva, en los nogales que aún resisten y en la memoria de quienes todavía lo evocan como uno de los cortijos más hermosos e importantes de la Vega.

El 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼 𝗱𝗲𝗹 “𝗠𝗲𝗶𝗰𝗼” 𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗠𝗲́𝗱𝗶𝗰𝗼 fue uno de los grandes cortijos de la Belicena del siglo XX. Se levantaba en la zona que hoy ocupan las calles Antonio Carvajal, Ángel Ganivet, Camilo José Cela y Miguel de Cervantes, junto a la actual Avenida de la Vega. Construido a principios del siglo XX y vinculado a la familia González y Pérez-Serrabona, desapareció tras un incendio fortuito en los años ochenta. Hoy, de aquel cortijo solo permanecen algunas moreras que marcaban su antigua entrada, testigos silenciosos de una Belicena de huertas, caminos y grandes cortijos que ya solo vive en la memoria.

El 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗣𝗶𝗹𝗮𝗿, situado en el Camino de Purchilejo y conocido también como 𝗛𝘂𝗲𝗿𝘁𝗮 𝗡𝘂𝗲𝘀𝘁𝗿𝗮 𝗦𝗲𝗻̃𝗼𝗿𝗮 𝗱𝗲𝗹 𝗣𝗶𝗹𝗮𝗿 o Cortijo de la Noria, es una de las construcciones históricas mejor conservadas de Belicena. Labrado durante años por Pepe el Cohete, el conjunto estuvo dedicado al cultivo de huerta y tabaco y se organizaba alrededor de un gran patio de labor, con secaderos, almacenes y vivienda principal. Destaca especialmente su torre mirador con galerías de arcos y sus detalles regionalistas y neomudéjares, poco habituales en la arquitectura rural de la Vega. Tras sufrir importantes daños durante la Guerra Civil, fue reconstruido en la década de 1940, incorporando algunos elementos de aspecto acastillado. Hoy, rodeado por calles, viviendas y jardines, permanece reformado y en buen estado, como una valiosa isla de memoria agrícola en mitad de la Belicena actual.

El 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗠𝗮𝗹𝗲𝗻𝗮 fue uno de los espacios que dieron nombre y vida a esta zona de Belicena, hoy ocupada por las calles Malena, Almendros y el final de la Avenida de la Vega. Ligado durante décadas al cultivo del tabaco, el cáñamo y los productos de huerta, formó parte de aquella Belicena rural de acequias, secaderos, caminos y trabajo agrícola. El cortijo desapareció con la expansión urbanística, pero su nombre ha sobrevivido en la memoria vecinal y en la forma popular de identificar el lugar. Hoy, cuando casi nada queda de aquel paisaje, recordar la Malena es recuperar una parte de la historia que quedó enterrada bajo las nuevas calles y viviendas.

El 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼 𝗖𝗮𝘀𝗮𝗯𝗹𝗮𝗻𝗰𝗮, también conocido como 𝗖𝗮𝘀𝗲𝗿í𝗮 𝗖𝗮𝘀𝗮 𝗕𝗹𝗮𝗻𝗰𝗮, se encuentra en el Camino de San Antón y fue construido a finales del siglo XIX. Su conjunto conserva buena parte de la estructura original: una vivienda principal dividida hoy en varios departamentos, un gran secadero de uso agrario y una placeta con pozo que todavía recuerda la organización tradicional de los cortijos de la Vega. A diferencia de otros edificios rurales desaparecidos, Casablanca sigue en pie y mantiene su uso residencial, convirtiéndose en uno de los testimonios más valiosos de la arquitectura agrícola de Belicena y de la vida de quienes trabajaron estas tierras durante generaciones.

El 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗖𝗮𝗿𝗺𝗲𝗻 se levanta en la Vega Alta de Cúllar Vega, muy cerca del límite con Belicena y del antiguo Camino del Callejón. Se trata de uno de los conjuntos agrícolas históricos más valiosos del entorno, con una extensión aproximada de 1.500 metros cuadrados y dependencias vinculadas tradicionalmente al trabajo de la tierra, como corrales, secaderos y espacios rodeados de árboles maduros. Su importancia no es únicamente sentimental: está reconocido como patrimonio de interés arquitectónico y cuenta con protección urbanística. Además, su nombre ha quedado unido para siempre a esta parte de la Vega, dando nombre a la 𝗔𝘃𝗲𝗻𝗶𝗱𝗮 𝗱𝗲𝗹 𝗖𝗮𝗿𝗺𝗲𝗻, en Casas Bajas, y permaneciendo vinculado a las antiguas 𝗘𝗿𝗮𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝗖𝗮𝗿𝗺𝗲𝗻, donde durante generaciones se desarrollaron labores agrícolas esenciales para la vida de la zona. Antes de llegar hasta él, el camino pasa también por el conocido Pozo del Carmen, otra pequeña huella de aquella antigua organización rural que todavía resiste en el paisaje.

El 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗖𝗮𝗹𝗲𝘁𝗮 se encontraba en el antiguo camino que salía de Belicena en dirección a Gabia, un trazado rural que, con el crecimiento del pueblo, terminaría convirtiéndose en la actual 𝗰𝗮𝗹𝗹𝗲 𝗖𝗮𝗹𝗲𝘁𝗮. Según la memoria transmitida por los vecinos, fue construido a principios del siglo XIX por una persona conocida como 𝗲𝗹 𝗖𝗮𝗹𝗲𝘁𝗼, de quien habría tomado su nombre. Fotografías de los años setenta todavía muestran esta zona como un camino rodeado de campos, antes de que las viviendas y la expansión urbana transformaran por completo el paisaje.

El 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗗𝗶𝗮𝗯𝗹𝗼 fue otro de los antiguos cortijos vinculados a la Belicena agrícola y que pertenecía también al Cortijo de la Caleta. Se encontraba en una zona hoy completamente transformada por las urbanizaciones, muy cerca de la actual parada de autobús. El edificio fue derribado con el crecimiento urbano y ya no queda rastro de sus muros, pero todavía sobreviven algunos árboles que formaron parte de su entorno y que hoy actúan como los últimos testigos de aquel paisaje de caminos, cultivos y cortijos. Aunque su peculiar nombre permanece en la memoria de algunos vecinos, buena parte de su historia corre el riesgo de desaparecer.

El 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼 𝗱𝗲 𝗘𝗹í𝗮𝘀 se encontraba en la actual calle Caleta, junto al antiguo camino que comunicaba Belicena con Gabia. Durante años formó parte de aquel paisaje rural de huertas, acequias, caminos de tierra y explotaciones agrícolas que rodeaban el pueblo. Con la expansión de las urbanizaciones, el cortijo fue derribado y su entorno quedó completamente transformado. Sin embargo, todavía permanece una de sus huellas: el pozo situado enfrente, junto al Camino de los Callejones, que pertenecía al cortijo. La pequeña torreta de ladrillo que lo protege es conocida como el 𝗣𝗼𝘇𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗕ú𝗵𝗼. Aunque sus muros ya no existen, este elemento nos ayuda a reconstruir cómo era la zona antes del crecimiento urbano y a mantener vivo otro fragmento de la memoria agrícola de Belicena.

El 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗖𝗮𝗿𝗽𝗮𝗻𝘁𝗮𝘀 se encontraba en Casas Bajas, donde hoy termina la calle Cuervo, junto al antiguo Camino de los Cortijos de Lechuga, actual Avenida del Carmen. En los años cincuenta estaba rodeado de campos, caminos de tierra, olivos y zarzamoras, en una zona donde apenas existían viviendas y la vida transcurría al ritmo tranquilo de la Vega. La antigua fotografía del cortijo conserva la imagen de una Belicena sencilla y rural, anterior a las urbanizaciones, y nos recuerda que bajo las calles actuales todavía permanece la memoria de quienes vivieron y trabajaron en aquellos caminos.

Los 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗟𝗲𝗰𝗵𝘂𝗴𝗮 no eran un único edificio, sino un pequeño conjunto de casas agrupadas en terrenos pertenecientes a la familia Lechuga. Se situaban junto al antiguo camino que atravesaba Casas Bajas, conocido precisamente como 𝗖𝗮𝗺𝗶𝗻𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗟𝗲𝗰𝗵𝘂𝗴𝗮 y que con el tiempo acabaría convirtiéndose en la actual Avenida del Carmen.

El 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼 𝗱𝗲 𝗕𝘂𝗲𝗻𝗮𝘃𝗶𝘀𝘁𝗮 fue un modesto conjunto rural situado en Casas Bajas, frente a una antigua era y junto al camino que discurría hacia las Galeras. Su existencia aparece documentada en un mapa de 1895 y, según el recuerdo de Paquita Ortega, estaba formado por dos pequeñas casillas vinculadas al trabajo agrícola. Apenas unas décadas después, en un mapa de 1931, ya figura como ruinas, lo que demuestra que su abandono fue temprano. Aunque el cortijo desapareció hace casi un siglo, todavía pueden encontrarse en el terreno fragmentos de ladrillo y teja, pequeñas huellas que confirman que allí hubo vida, trabajo y hogar.

El 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼 𝗱𝗲 𝗛𝗮𝗿𝗼 se alza al final de la actual Avenida de Haro, en Casas Bajas, entre olivos, acequias y caminos abiertos a la Vega. En la documentación antigua, su nombre aparecía escrito como 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼 𝗱𝗲 𝗔𝗿𝗼, sin «h», una forma que también quedó ligada a la memoria del lugar. Construido a comienzos del siglo XIX, perteneció inicialmente a Fernando de Medina y Fantoni, alcalde de Granada a finales de aquella centuria, y posteriormente pasó a la familia Moreno, siendo Eduardo Moreno uno de sus propietarios más recordados. Entre Belicena y el cortijo se extendían entonces numerosas viñas, que formaban un paisaje muy distinto al actual y acompañaban el camino hasta Casas Bajas. Además de finca agrícola, fue capatacería, vivienda y lugar de convivencia para capataces, jornaleros y familias que comenzaron allí una nueva etapa de sus vidas. Sus muros conservan la memoria de cosechas, bodas, juegos infantiles y largas jornadas de trabajo. Aunque hoy permanece deteriorado por el paso del tiempo, sigue siendo uno de los testimonios más valiosos de la arquitectura rural y de la historia humana de Belicena y Casas Bajas.

La 𝗖𝗮𝘀𝗲𝗿í𝗮 𝗱𝗲 𝗙𝗲𝗱𝗲𝗿𝗶𝗰𝗼 ya aparece citada en el 𝗗𝗶𝗰𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗿𝗶𝗼 𝗱𝗲 𝗠𝗮𝗱𝗼𝘇, elaborado a mediados del siglo XIX, aproximadamente entre 1845 y 1850. Situada entre el secano y la Vega, muy cerca de las ruinas romanas de Belicena, fue durante generaciones hogar de numerosas familias vinculadas al trabajo del campo. Su ubicación la convirtió además en una de las salidas tradicionales desde Belicena hacia El Salado, por un camino recorrido durante décadas por vecinos, jornaleros y carros.

𝗘𝗹 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼 𝗱𝗲𝗹 “𝗣𝗮𝘁𝗮𝘀” se encuentra al final del Camino del Cementerio, en la actual calle San Cristóbal, y fue durante años uno de esos rincones donde la Vega respiraba trabajo, paisaje y vida campesina. El conjunto estaba formado por una vivienda y 𝗱𝗼𝘀 𝘀𝗲𝗰𝗮𝗱𝗲𝗿𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝗱𝗿𝗶𝗹𝗹𝗼, ligados sobre todo al cultivo del tabaco, que aquí se colgaba “𝗮 𝗴𝗮𝗻𝗰𝗵𝗼” por la gran altura de los secaderos. Hoy se encuentra muy deteriorado, casi vencido por el paso del tiempo, pero aún conserva la fuerza de quienes trabajaron allí, de las campañas de tabaco y de aquella Belicena rodeada de cultivos, alamedas y caminos abiertos a la Vega. A pesar de que hoy tenga junto a él la nueva autovía, el lugar sigue guardando un aire especial, casi melancólico, como si sus muros se resistieran a dejar caer del todo la memoria. El Cortijo del “Patas” no es solo una construcción en ruinas: es una huella viva de la historia agrícola de Belicena y uno de esos lugares que merecen ser recordados antes de que el olvido termine de derribarlos.

El 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗖𝗮𝗻̃𝗮𝘀, situado a medio camino entre Belicena y Santa Fe, es uno de los enclaves históricos y espirituales más singulares de nuestra Vega. En su interior conserva la pequeña 𝗘𝗿𝗺𝗶𝘁𝗮 𝗱𝗲𝗹 𝗖𝗿𝗶𝘀𝘁𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗖𝗮𝗻̃𝗮𝘀, cuya devoción ya aparece documentada en 1781 por el arzobispo Antonio Jorge y Galbán. Durante generaciones, este lugar fue hogar, espacio de trabajo agrícola y refugio de fe: en épocas de sequía se acudía hasta allí para pedir lluvia y cada Viernes Santo, a las tres de la tarde, la ermita vuelve a abrir sus puertas para mantener viva una antigua tradición en la que los vecinos rezan y piden tres deseos. Rodeado por grandes árboles y tierras de cultivo, el cortijo continúa siendo un puente silencioso entre la vida rural, la memoria y las creencias populares de Belicena.

La 𝗛𝘂𝗲𝗿𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻𝘁𝗮 𝗠𝗮𝗿í𝗮, también conocida como 𝗛𝘂𝗲𝗿𝘁𝗮 𝗝𝗶𝗺é𝗻𝗲𝘇, es un cortijo de comienzos del siglo XX situado en el corazón de la Vega, junto al antiguo Camino de los Prados, hoy Camino de Cafés Aguayo. Su característica planta en forma de “T”, con los secaderos al fondo, conserva la arquitectura agrícola tradicional de la zona y destaca por sus fachadas blancas entre choperas, acequias y campos de cultivo. A diferencia de otros cortijos desaparecidos, continúa en uso tanto residencial como agrícola, convirtiéndose en un valioso ejemplo de patrimonio rural vivo y en uno de los paisajes más reconocibles del entorno de Belicena y Santa Fe.

El 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗣𝗿𝗮𝗱𝗼𝘀 se encuentra en plena Vega de Belicena, junto al Camino del Puente de los Vados. Estuvo ligado al cultivo del tabaco y la remolacha, dando trabajo a numerosas familias. En los años ochenta fue ocupado durante una temporada por un grupo de hippies, un episodio que todavía recuerdan muchos beliceneros.

El 𝗖𝗼𝗿𝘁𝗶𝗷𝗼 𝗱𝗲 𝗙𝗼𝗻𝘁, situado muy cerca de Belicena, se denomina originalmente 𝗖𝗮𝘀𝗲𝗿í𝗼 𝗱𝗲 𝗦𝗮𝗻 𝗘𝗱𝘂𝗮𝗿𝗱𝗼. Su nombre popular procede de Eduardo Font Moreno, antepasado de la familia propietaria, que llegó desde Cataluña, emigró después a Cuba y regresó a Granada. El edificio, organizado en dos cuerpos en forma de «L» y cubierto con tejado a dos aguas, conserva la sencillez de la arquitectura rural de la Vega. Tras años de espera, la familia impulsó una cuidada rehabilitación, reforzando muros y cimientos y recuperando elementos tradicionales de madera. Hoy es un buen ejemplo de cómo un cortijo histórico puede adaptarse a nuevos tiempos sin perder su identidad.

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