𝗨𝗻 𝗽𝗲𝗾𝘂𝗲𝗻̃𝗼 𝗺𝗼𝗻𝘁𝗲 𝗰𝗼𝗻 𝘂𝗻𝗮 𝗴𝗿𝗮𝗻 𝗵𝗶𝘀𝘁𝗼𝗿𝗶𝗮
Hay lugares que, aunque pequeños y aparentemente sencillos, terminan formando parte de la memoria colectiva de un pueblo. Lugares que no aparecen en los folletos turísticos ni suelen ocupar titulares, pero que permanecen grabados en la infancia, en las conversaciones de nuestros mayores y en la manera en la que generaciones enteras entendieron la Vega y su entorno. Uno de esos lugares es el conocido como Monte Curucú, un pequeño promontorio situado entre Purchil y Ambroz que durante décadas fue mucho más que un simple montículo de tierra perdido entre acequias y caminos rurales.
Son varias las formas en las que los vecinos lo han nombrado a lo largo del tiempo. En Ambroz muchos lo conocen como “el monte de los conejos”, mientras que en Purchil siempre ha sido más habitual escuchar nombres como “Monte Curucucú” o simplemente “Curucú”. Pero todos hablan del mismo lugar. Un pequeño enclave que se eleva suavemente junto al antiguo cauce del Río Dílar, en una zona conocida tradicionalmente como Río Segundo, hoy convertida en una acequia encauzada entre balates de tierra, cañaverales y caminos que todavía conservan el aroma de la Vega más auténtica.

𝗨𝗻 𝗹𝘂𝗴𝗮𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗳𝘂𝗲 𝗽𝗮𝗿𝘁𝗲 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝗰𝗼𝘁𝗶𝗱𝗶𝗮𝗻𝗮
Actualmente el Monte Curucú pasa casi desapercibido para mucha gente. El paso del tiempo, el abandono y los cambios en la forma de vivir la Vega han ido haciendo que su figura se difumine poco a poco en el paisaje. Sin embargo, hubo un tiempo en el que este rincón era perfectamente conocido por todos los vecinos de Purchil y Ambroz. Se nombraba con naturalidad en las conversaciones, servía como punto de referencia y formaba parte de la vida cotidiana de muchísimas personas.
Allí se hacían merendicas entre amigos y familias, se subía a buscar hinojos y plantas aromáticas en sus laderas, los pastores llevaban el ganado a pastar y los agricultores utilizaban el entorno como referencia en el reparto y recorrido de las aguas de riego. También era habitual ver a vecinos cazando conejos en la zona o segando hierba en sus alrededores, cuando la Vega todavía era una forma de vida y no solo un paisaje que contemplar desde la distancia.
𝗟𝗮𝘀 “𝗯𝗮𝘁𝗮𝗹𝗹𝗮𝘀” 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗻𝗶𝗻̃𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗔𝗺𝗯𝗿𝗼𝘇 𝘆 𝗣𝘂𝗿𝗰𝗵𝗶𝗹

Pero seguramente una de las imágenes más bonitas que guarda este lugar sea la de los niños de Ambroz y Purchil utilizando el monte como escenario de aventuras durante generaciones. Allí se levantaban trincheras improvisadas, se organizaban auténticas “batallas” a terronazos y se disputaba simbólicamente el dominio del monte entre grupos de niños de ambos pueblos.
Eran tiempos en los que cualquier rincón de tierra podía convertirse en un universo entero y donde la imaginación hacía el resto. No había móviles, ni pantallas, ni parques preparados. Bastaban un descampado, unos terrones de tierra y una tarde eterna de Vega para crear recuerdos que todavía hoy siguen vivos en la memoria de muchos vecinos.
𝗘𝗹 𝗽𝗼𝘀𝗶𝗯𝗹𝗲 𝗼𝗿𝗶𝗴𝗲𝗻 𝗱𝗲𝗹 𝗻𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲 “𝗖𝘂𝗿𝘂𝗰𝘂́”
Existe además una teoría muy interesante sobre el origen del nombre “Curucú”. Con bastante probabilidad, muchos vecinos creen que el nombre original podría haber sido “Monte Gurugú”, en referencia al famoso monte situado cerca de Melilla, en Marruecos, muy conocido durante la época colonial española y presente en la memoria de muchas generaciones.
No sería extraño que algún vecino relacionado con el servicio militar, las campañas africanas o simplemente influenciado por aquel contexto histórico terminara bautizando este pequeño montículo de la Vega con aquel nombre. Y como tantas veces ocurre en los pueblos, el habla popular y el paso del tiempo habrían terminado deformando “Gurugú” hasta convertirlo en el actual “Curucú”.

𝗨𝗻 𝗿𝗶𝗻𝗰𝗼́𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗺𝗲𝗿𝗲𝗰𝗲 𝘀𝗲𝗿 𝗿𝗲𝗰𝗼𝗿𝗱𝗮𝗱𝗼
La historia de Vegas del Genil no solo se encuentra en archivos y documentos oficiales. También vive en estos pequeños rincones humildes que han acompañado silenciosamente la vida de generaciones enteras.
El Monte Curucú quizá nunca fue un gran monumento ni un lugar famoso, pero sí fue un espacio profundamente humano. Un lugar donde hubo juegos, trabajo, meriendas, ganado, conversaciones, caminos y vida. Y precisamente por eso merece ser recordado.
Porque un pueblo que conserva la memoria de sus rincones más sencillos también conserva una parte esencial de sí mismo.
𝗗𝗲𝘀𝗱𝗲 𝗗𝗲𝗳𝗶𝗲𝗻𝗱𝗲 𝗩𝗲𝗴𝗮𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝗚𝗲𝗻𝗶𝗹 queremos agradecer a Agustín Maldonado Gómez este precioso artículo que ha querido ceder y compartir con todos los vecinos de Vegas del Genil para mantener viva la memoria del Monte Curucú y de tantos recuerdos ligados a nuestra Vega y a nuestra infancia.



