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Plataforma de vecinos y asociaciones

En Purchil aún pueden verse vestigios de las antiguas compuertas del río Dílar, un ingenioso sistema creado por los vecinos para proteger sus casas de las crecidas. Estas ranuras de ladrillo, usadas para encajar tablones de madera, forman parte del patrimonio hidráulico y de la memoria histórica de la Vega de Granada.
Hay episodios de la historia local que, al rescatarlos, iluminan por completo la forma de vivir de un pueblo. Purchil conserva uno de esos relatos: el ingenioso sistema vecinal que durante décadas protegió al barrio de las crecidas imprevisibles del río Dílar. Una historia sencilla, casi doméstica, pero cargada de valor patrimonial y de memoria colectiva.
El río Dílar, al llegar a la Vega, nunca mantuvo un único trazado. Antes de las obras de encauzamiento del siglo XX, el cauce se dispersaba en brazos y meandros cambiantes, generando lo que los especialistas llaman un comportamiento anastomosado: un río que se ramifica, alterna caminos y modifica su curso en función de las lluvias y de la propia dinámica de la llanura.
Ese carácter imprevisible hacía que, en episodios de lluvia intensa, el Dílar se desbordara y buscara nuevas salidas. En Purchil, situado en una ligera depresión de la vega histórica, el riesgo de inundación era recurrente. Varias calles del núcleo tradicional convivieron durante generaciones con esta amenaza.

Ante esa realidad, los purchileños desarrollaron un método tan artesanal como eficaz. En numerosas casas, especialmente en aquellas más expuestas, se construyeron ranuras verticales en los marcos de puertas y ventanas. En esas ranuras se insertaban tablones de madera que, al instante, se convertían en compuertas de emergencia.
Las fotografías facilitadas por un vecino muestran perfectamente estos restos: pequeños muretes de ladrillo y piedra, desgastados por el tiempo, que aún conservan la forma necesaria para encajar los tablones protectores. Son piezas de arquitectura popular, casi invisibles hoy, pero esenciales para entender cómo se defendía el pueblo.
La escena, según relatan quienes lo vivieron, se repetía siempre igual: alguien veía el río crecer con brusquedad, corría por la calle dando la voz de alarma y los vecinos se movilizaban de inmediato. En pocos minutos, Purchil se transformaba en una pequeña fortaleza de madera improvisada.


Los agricultores de la zona siempre describieron las crecidas del Dílar como una especie de “lotería”:
había parcelas que recibían una capa de limo fértil y otras que quedaban arrasadas por arenas y sedimentos más agresivos. La relación con el río mezclaba respeto, temor y, a la vez, dependencia.
Durante el siglo XX, especialmente desde los años 50 y 60, las administraciones emprendieron obras de encauzamiento para minimizar los daños. Se fijó el cauce, se construyeron motas y muros y el Dílar quedó canalizado en su tramo final antes de unirse al Genil. Con ello disminuyó el riesgo, pero también desapareció buena parte del paisaje fluvial histórico que había acompañado a generaciones de vecinos.
Aunque el cauce actual permanece seco en la mayor parte del año, el riesgo nunca desaparece del todo. Las tormentas intensas de septiembre de 2007 y la DANA de 2019 demostraron que la Vega sigue siendo vulnerable: Ambroz y Belicena sufrieron inundaciones serias por el colapso de acequias y desagües.
El comportamiento del río, incluso encauzado, continúa siendo un factor de riesgo y un elemento definitorio de la vida en nuestros pueblos.
Además de las compuertas conservadas en algunas fachadas, el paisaje de nuestro municipio guarda otras huellas silenciosas del tránsito antiguo del río Dílar. Como recuerda un vecino, los dos grandes balates situados por encima de Purchil, elevaciones lineales de tierra compactada que serpentean entre los cultivos, son muy probablemente restos de cauces abandonados por el río a lo largo de los siglos.
Se trata de formaciones típicas de los ríos que divagan sobre llanuras de inundación: cuando un brazo se colmata o el agua busca un camino nuevo, queda tras de sí una cicatriz geográfica, un leve cordón de sedimentos que marca el trazado de un antiguo meandro o desvío.
A ello se suma un tercer testimonio especialmente valioso: uno de esos balates, el que se encuentra por encima de la Bazartería, desciende desde Ambroz dejando también este núcleo a su derecha. Ese balate, convertido durante décadas en acequia viva, definió el paisaje local hasta tiempos recientes.
Un vecino recuerda que la casa de su abuelo estaba literalmente construida sobre ese balate, y que de niño, al salir por la puerta, uno se encontraba de frente con aquel cauce transformado, primero en acequia y hoy en Calle Retiro, ya asfaltada. Un ejemplo directo y cotidiano de cómo el antiguo Dílar moldeó el trazado urbano que aún hoy recorremos sin pensar en su origen fluvial.
El mapa histórico que nos envían, aunque no representa todos los cursos posibles, confirma la tendencia del Dílar a ensancharse y variar su recorrido en el tramo que hoy ocupan Purchil y Belicena. No es casual que en Belicena exista una zona llamada tradicionalmente «Dílar»: es un testimonio toponímico de que el río, en algún momento de su historia, llegó a discurrir más cerca del casco urbano de lo que lo hace en la actualidad.
Estos balates, visibles aún en el paisaje agrícola, se suman a las compuertas domésticas como parte del patrimonio hidráulico de la Vega: marcas materiales que narran, sin palabras, la intensa relación entre nuestros pueblos y un río que nunca fue totalmente dócil.

Los restos de compuertas que aún sobreviven en algunas fachadas de Purchil son más que simples piedras viejas.
Son el vestigio físico de una época en la que la protección del pueblo dependía de la cooperación vecinal, de la rapidez de reacción y de la sabiduría transmitida de generación en generación.
Representan una forma de entender el territorio y su relación con el agua, una memoria que se está perdiendo y que merece ser contada, estudiada y respetada.
Hoy, gracias a testimonios locales y a fotografías como las que acompañan este artículo, podemos reconstruir una parte de esa historia y devolverle su lugar dentro del patrimonio cultural de Vegas del Genil.