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El Cortijo de Haro, situado en Casas Bajas, es uno de los enclaves rurales más antiguos y significativos de la Vega de Granada. Documentado desde 1820, este histórico cortijo fue mucho más que una finca agrícola: fue hogar, capatacería y espacio de vida para generaciones de vecinos. Hoy, marcado por el abandono y la presión urbana, el Cortijo de Haro permanece como símbolo de la memoria, la identidad y el patrimonio vivo de Vegas del Genil.
Al final de la actual Avenida de Haro, allí donde el asfalto se diluye entre olivos, acequias y caminos que se abren al corazón del secano, sigue en pie, aunque herido por el tiempo, el Cortijo de Haro. No es una ruina cualquiera. Es una pieza singular de la arquitectura rural de comienzos del siglo XIX, un lugar que aún resiste como guardián de la memoria de Belicena y Casas Bajas.
En una Vega donde muchos cortijos han desaparecido sin dejar rastro, el de Haro continúa ahí, silencioso, cargado de historias que no caben en una ficha técnica.

El dato que cambia por completo la lectura histórica del Cortijo de Haro es claro y rotundo: aparece representado en un mapa topográfico del año 1820, atribuido a D. Francisco Dalmau, donde figura rotulado expresamente como Casería de Haro junto al camino de Chimeneas.

En la cartografía de comienzos del siglo XIX no se dibujaba cualquier edificación. Solo se recogían lugares con entidad real, uso consolidado y relevancia territorial. Su presencia en ese mapa confirma que el cortijo ya existía y funcionaba a principios del siglo XIX, lo que lo sitúa entre los enclaves agrarios históricos más antiguos documentados del término municipal.
Conviene, no obstante, ser rigurosos: se desconoce quién lo construyó y en qué fecha exacta. La documentación cartográfica acredita su existencia en 1820, pero no permite identificar a su promotor original, algo habitual en muchos cortijos de la Vega cuyo origen se pierde en el tiempo y solo emerge cuando la finca adquiere relevancia administrativa o territorial.
El propio nombre del cortijo abre, además, una interrogante histórica aún sin resolver. No está claro si “Haro” hace referencia a un topónimo previo del paraje, a un apellido vinculado a antiguos propietarios, o a una denominación heredada de etapas anteriores a la documentación conservada. Esta duda refuerza la idea de que el cortijo existía antes de que podamos seguirle la pista con nombres y apellidos, y subraya la necesidad de futuras investigaciones en archivos notariales, catastros históricos y memoria oral.
El Cortijo de Haro se levanta junto al antiguo camino de Chimeneas, hoy Avenida de Haro, una vía histórica que conectaba los núcleos de población con las tierras de labor y secano
Su ubicación no es casual. Los cortijos de la Vega se situaban donde podían controlar el agua, la tierra y los caminos. Desde aquí se organizaba el trabajo agrícola y se estructuraba la vida diaria de la finca. El Cortijo de Haro fue, durante generaciones, centro de explotación, vivienda y punto de referencia territorial.
A este paisaje productivo se suma un recuerdo que conservan los mayores del lugar: cuentan que el camino que conducía al cortijo estaba flanqueado por viñas y cruces, elementos habituales en el paisaje rural de la época. Según esta memoria oral, muchas de esas cruces fueron quemadas o desaparecieron durante los años de la Segunda República, en un contexto de tensiones sociales y cambios profundos en el mundo rural.
La historia del cortijo también habla de poder y tierra. En sus orígenes perteneció a Fernando de Medina y Fantoni, alcalde de Granada entre el 7 de octubre de 1898 y el 27 de mayo de 1899. La vinculación de cargos políticos de la capital con fincas productivas en la Vega fue habitual durante los siglos XIX y XX: la tierra era riqueza, estatus y control del territorio.
Posteriormente, el cortijo pasó a manos de la familia Moreno, quedando en la memoria colectiva como uno de los grandes cortijos ligados a este apellido en Belicena y Casas Bajas. Don Eduardo Moreno, cónsul de los Paises Bajos, es uno de los propietarios más recordados por los mayores del pueblo.

La tradición oral aporta aquí un relato valiosísimo. Según recuerdan los vecinos, el cortijo fue adquirido por la abuela de Don Eduardo Moreno, conocida como “la Bacala de Oro”, vecina de la calle Duquesa. La frase que se le atribuye resume toda una época:
“Mi hijo tiene que tener un cortijo para cada día de la semana.”
Lejos de ser folclore, esta expresión refleja una lógica patrimonial real de la Vega: la tierra como seguridad familiar, como inversión, como símbolo de posición social y como forma de poder local.
Es memoria oral, sí, pero memoria verosímil y profundamente explicativa
El Cortijo de Haro permanece vinculado en la actualidad a descendientes de la familia Moreno, una estirpe estrechamente ligada a la historia agraria de la zona.
Esta familia fue también propietaria del cercano Cortijo del Carmen, situado en las inmediaciones de Casas Bajas, un enclave que dejó tal huella en el territorio que dio nombre a una de las avenidas de la barriada, reflejo de la importancia que estas fincas tuvieron en la configuración histórica y urbana del entorno.
El Cortijo de Haro no fue solo una explotación agrícola. Fue hogar, lugar de inicio para muchas familias, espacio donde algunos vecinos comenzaron su vida adulta e incluso su matrimonio.
Durante años fue también capatacería: lugar de trabajo y convivencia de capataces y jornaleros que, día tras día, hicieron del cortijo un pequeño universo vivo en mitad de la Vega. Por eso, cuando los mayores hablan de él, no hablan de muros: hablan de bodas, cosechas, juegos infantiles, inviernos duros y veranos interminables. Vida rural en estado puro.
A lo largo de su historia, el Cortijo de Haro contó con varios capataces que fueron fundamentales en la organización del trabajo y la vida cotidiana de la finca. Entre los nombres recordados figuran los del Paco, Frasquito y, finalmente, Antonio, quien fue el último capataz que vivió en el cortijo, cuando en él se concentraba la capatacería tanto del Cortijo del Carmen como del propio Cortijo de Haro

Entre los muros del Cortijo de Haro también late una historia de amor que el tiempo no logró borrar. En 1965, Agustín, entonces un joven granadino, viajaba en tranvía desde Granada hasta Santa Fe y después caminaba hasta Belicena solo para ver a Ana, la chica que vivía junto al cortijo. Años después, desde Málaga, Agustín nos escribió recordando “qué años más felices vividos en las proximidades de aquel Haro”. Ana María, que estudió en el Colegio del Carmelo y pasó su vida entre nuestras calles, nunca se casó y falleció hace pocos años, pero dejó en él una frase que hoy emociona a todo el que la lee: “Gus, cuando seamos viejos, compramos un balancín y lo instalamos en la puerta del Haro para tomar el fresco.” Él la buscó hasta el final. Porque hay amores que no siguieron su camino, pero quedaron para siempre anclados a un lugar, y el Cortijo de Haro guarda también esa memoria íntima, hecha de pasos, miradas y sueños compartidos.
El Cortijo de Haro se caracteriza por su gran tamaño y por la presencia de secaderos, dos rasgos destacados en las fuentes municipales que encajan plenamente con la evolución económica de la Vega de Granada durante los siglos XIX y XX. Aunque su origen es anterior, documentado ya en 1820, su aspecto actual quedó marcado por ampliaciones y adaptaciones del siglo XX, vinculadas a la transformación de cultivos, la intensificación del regadío y el desarrollo de la producción de aceite, ya que el cortijo dispone de un amplio y extenso secanal de olivos, que incluso funciona como coto privado de caza. Esta realidad productiva explica que algunas dataciones se refieran a ese periodo visible, correspondiente a las ampliaciones y usos consolidados en el siglo XX.

Desde el punto de vista arquitectónico, responde al modelo de cortijo cerrado o semi-cerrado, con edificaciones organizadas en torno a patios interiores que generaban espacios de trabajo protegidos. Su volumetría y disposición revelan una clara vocación de dominio territorial, combinando dependencias funcionales para caseros y jornaleros con una vivienda principal de mayor rango destinada a los propietarios, reflejo de la dualidad social propia de la burguesía agraria de la Vega.
A lo largo del tiempo, el Cortijo de Haro fue mucho más que una finca productiva. Funcionó como explotación agrícola y ganadera, como residencia y como núcleo social, acogiendo a familias, trabajadores y celebraciones ligadas al calendario agrícola. Contó además con dos pozos, hoy tapados, que abastecieron durante años la vida cotidiana del cortijo y simbolizan su autosuficiencia. Sus secaderos, actualmente especialmente vulnerables, son testimonio de una etapa clave de la economía local y refuerzan el valor patrimonial de un lugar que integró trabajo, vivienda y vida comunitaria en un solo espacio.
Hoy, el Cortijo de Haro aparece como semiabandonado. Su deterioro no puede separarse de la transformación del entorno: el antiguo camino agrícola se convirtió en una vía de tráfico intenso hacia la segunda circunvalación de Granada.
El Cortijo de Haro constituye un elemento de gran relevancia dentro del patrimonio cultural e histórico de Vegas del Genil y de la Vega de Granada. Su arquitectura tradicional, su gran escala y la presencia de secaderos lo identifican como una pieza representativa del paisaje agrario vega-granadino, formado históricamente por cultivos, cortijos y caserías. Sin embargo, este valor contrasta con su estado de abandono y con la fuerte presión urbana que sufre su entorno, factores que amenazan la conservación de uno de los últimos testimonios físicos de la vida rural tradicional en el municipio.
Aunque el Cortijo de Haro no cuenta, que se sepa, con una declaración específica de Bien de Interés Cultural (BIC), sí aparece inventariado en documentos oficiales de ordenación territorial. En el Plan de Ordenación del Territorio de la Aglomeración Urbana de Granada (POTAUG) figura como cortijo histórico de la Vega con nivel 2 de protección, lo que supone un reconocimiento explícito de su valor cultural y territorial. Además, el Ayuntamiento de Vegas del Genil lo incluye dentro de su Ruta de las Alquerías y en el listado de hitos patrimoniales municipales, subrayando su relevancia para la identidad local.
Culturalmente, el Cortijo de Haro va mucho más allá de sus muros. Es un lugar tejido de recuerdos, un punto de encuentro de la memoria colectiva de Belicena y Vegas del Genil, donde generaciones de vecinos dejaron huella como trabajadores, habitantes o simples caminantes. Sus historias no están escritas en libros, sino guardadas en la voz de quienes aún lo nombran.
El Cortijo de Haro no es solo cal y ladrillo. Es historia que respira, memoria compartida y seña profunda de identidad de Belicena y Casas Bajas. Documentado desde 1820, unido a familias, trabajos y vidas enteras, permanece ahí, en silencio, esperando. Su futuro sigue abierto, como una puerta entornada, recordándonos que conservarlo es también cuidar lo que somos.