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Plataforma de vecinos y asociaciones

Casas Bajas es mucho más que una barriada de Vegas del Genil. Conocer su origen, su vínculo histórico con Belicena y el proceso que la llevó de ser Los Cortijos a convertirse en uno de los barrios más dinámicos del municipio es clave para entender su realidad actual. Este artículo recorre su historia, su crecimiento y su identidad, porque solo conociendo de dónde venimos se puede comprender el presente y reclamar un futuro mejor para todos sus vecinos y vecinas.
Hoy, Casas Bajas es una de las cuatro barriadas que dan forma al municipio de Vegas del Genil, junto a Belicena, Purchil y Ambroz, configurando un territorio diverso pero profundamente unido por la Vega. Hoy es una zona residencial consolidada, tranquila y viva, donde conviven generaciones de familias de siempre con nuevos vecinos llegados en las últimas décadas, sobre un suelo que fue huerta, secano y camino, y que sigue guardando en su nombre y en su trazado la huella de su origen.
Situada en plena llanura agrícola y contigua al núcleo urbano de Belicena, aunque administrativamente se considera una barriada diferenciada, en la práctica funciona como un barrio más de Belicena, formando un continuo urbano sin fronteras visibles.
Desde el punto de vista territorial, Casas Bajas ocupa una posición estratégica dentro del área metropolitana de Granada, ya que limita directamente con municipios históricos de la Vega como Santa Fe, Las Gabias y Cúllar Vega, y a su vez conecta de forma directa con el resto de barriadas que conforman Vegas del Genil. Esta localización, a caballo entre distintos términos municipales y antiguos caminos rurales, ha convertido a Casas Bajas en un espacio de transición natural entre pueblos, huertas y barrios, reforzando su carácter abierto y su papel como lugar de encuentro más que de frontera.

Antes de que existiera administrativamente Casas Bajas como hoy la conocemos, este territorio era identificado popularmente como “Los Cortijos”, donde se formó a finales del siglo XIX un pequeño núcleo de población en torno al camino que conducía al Cortijo de Haro, origen del nombre de la actual Avenida de Haro. A este primer asentamiento se sumaban numerosas explotaciones agrícolas y casas de labor dispersas por la Vega, configurando un paisaje humano y productivo muy definido. La población incluía, entre otros, el Cortijo de la Caleta, el Cortijo del Diablo, el Cortijo Elías, el Cortijo del Herrero, el Cortijo del Pancho, el Cortijo de la Carpanta, los Cortijos de Lechuga, el Cortijo del Ciego, el Cortijo Federico, el Cortijo de la Trinidad, las Casas del Gallo, las Casas de Cunero, el Cortijo de Buenavista y el Cortijo Elodia, conformando un entramado rural de caminos, acequias, huertas y relaciones vecinales que está en el origen mismo de la actual barriada.

Aunque hoy pueda resultar sorprendente, todos estos cortijos y casas de labor pertenecieron durante décadas al término municipal de Purchil, y no a Belicena, pese a su cercanía física con esta última. La explicación está en la configuración histórica del territorio de Purchil, cuyo término municipal presentaba una forma alargada y estrecha que se extendía desde el río Dílar hasta el arroyo del Salado. Esta franja agrícola lindaba con múltiples núcleos y municipios: Granada, Ambroz, Cúllar Vega, Las Gabias, Santa Fe y Belicena.
Precisamente por pertenecer administrativamente a Purchil pero estar físicamente pegado a Belicena, fueron los propios beliceneros quienes comenzaron a referirse a esta zona de manera espontánea como “Los Cortijos”. No era un nombre oficial, sino una forma sencilla y descriptiva de identificar un espacio caracterizado por la gran concentración de cortijos, casas de labor y explotaciones agrícolas repartidas por la vega y el secano. Así, aquel conjunto disperso de casas fue adquiriendo vida cotidiana, vecindad y memoria compartida, y el nombre de Los Cortijos terminó arraigando como denominación natural del lugar, mucho antes de que existiera una identidad administrativa definida como Casas Bajas.
Al pertenecer administrativamente a Purchil, Los Cortijos contaban con su propia organización básica: llegaron a tener escuela propia, aunque todas las gestiones oficiales debían realizarse en el municipio de Purchil. Sin embargo, la realidad cotidiana iba por otro camino. La vida diaria de los «cortijeros» se desarrollaba casi por completo en Belicena, el núcleo más cercano y con el que existía una relación natural y constante. Allí se tomaba una cerveza, se acudía a misa, se compraba en las tiendas del pueblo, se iba al médico y se compartían las celebraciones y tradiciones, especialmente las fiestas de San Marcos, vividas como propias generación tras generación.
Esta dualidad, administración en Purchil, vida en Belicena, marcó durante décadas la identidad del lugar. Los vecinos de Casas Bajas nunca se sintieron purchileños: la pertenencia estaba en los papeles, pero el corazón siempre fue belicenero. En aquellos años nadie se definía por el municipio al que pertenecía oficialmente, sino por el pueblo donde hacía vida, compartía costumbres y construía sus afectos. Y ese pueblo fue, siempre, Belicena.

Existe, además, una teoría histórica documentada que abre una línea de investigación especialmente reveladora sobre la pertenencia original de este territorio y que apunta a que Los Cortijos, y lo que hoy conocemos como Casas Bajas, pudieron estar históricamente más vinculados a Belicena que a Purchil. Esta hipótesis se apoya en los Libros de Apeo de Belicena de 1570 y 1572, estudiados por el profesor Juan Abellán Pérez, de la Universidad de Cádiz, así como en otra documentación conservada en archivos históricos, entre ellos el Archivo del Palacio Arzobispal. En estos documentos se describe con detalle el tipo de cultivos existentes en Belicena, destacando la siembra de trigo y cebada, cultivos propios del secano y no de la vega de regadío. Este dato no es menor: el trigo y la cebada no se sembraban en tierras de vega irrigada, sino en terrenos altos y de secano, lo que situaría estas explotaciones agrícolas, por sus características, fuera del ámbito tradicional de Purchil, claramente asociado a la vega regada. Algunos historiadores locales han señalado esta circunstancia como una pista clave, sosteniendo que Purchil no habría tenido históricamente propiedades ni aprovechamientos agrarios en esta zona, a diferencia de Belicena. La existencia de referencias catastrales, apeos y posibles notas cronológicas en registros de la propiedad refuerza la idea de que aún queda documentación por aflorar que podría confirmar esta vinculación histórica. No se trata de una afirmación cerrada, sino de una línea de investigación sólida, basada en fuentes primarias, que invita a seguir tirando del hilo y a reconsiderar los límites históricos tal y como hoy los damos por sentados.
El año 1976 marcó un antes y un después. Con la fusión de Belicena, Purchil y Ambroz nació el nuevo municipio de Vegas del Genil, y con él comenzó a ordenarse una realidad que llevaba décadas pidiendo nombre propio. En las primeras votaciones municipales, los vecinos de Los Cortijos debían desplazarse varios kilómetros hasta Purchil para ejercer su derecho al voto, una situación que pronto generó quejas comprensibles. Aquella distancia no era solo física: también era emocional.
Ante esta realidad, y a efectos de padrón y organización electoral, fue necesario constituir esta zona como diseminados de la barriada de Purchil, permitiendo así habilitar mesas electorales más cercanas. El colegio electoral se instaló en las escuelas situadas al final de la actual Avenida de Haro, un lugar que muchos vecinos aún recuerdan como punto de encuentro y de inicio de una nueva etapa. Fue entonces cuando surgió una pregunta inevitable: ¿Cómo llamar oficialmente a este lugar?
Hasta ese momento, para todos, aquello había sido Los Cortijos. Pero en algún despacho del Ayuntamiento alguien decidió mirar al paisaje y a la arquitectura humilde del entorno: casas tradicionales, encaladas, de una sola planta, bajas, asentadas sobre la Vega. Y así, casi sin saberlo, nació por primera vez el nombre de Casas Bajas. Un nombre sencillo, descriptivo y profundamente ligado a la identidad del lugar, que acabaría dando forma definitiva a la barriada tal y como hoy la conocemos.
Porque a veces los nombres no se imponen: emergen. Y Casas Bajas emergió de la tierra, de sus casas bajas y de la vida callada de quienes las habitaron.
Desde que el nombre de Casas Bajas quedó fijado y hasta la posterior expansión urbanística, se abrió un periodo decisivo en la vida del barrio. Por fin, sus habitantes pudieron ir al colegio de Belicena, como siempre habían deseado y como dictaba la lógica del día a día. En Casas Bajas hubo incluso un campo de fútbol, donde jugaba el Teleclub Belicena, símbolo de una realidad que ya nadie discutía: la vida, el deporte, la convivencia y el sentimiento iban en la misma dirección. Fue entonces cuando desapareció por completo aquella idea heredada que asociaba a los vecinos de Casas Bajas con Purchil, una analogía administrativa que el tiempo corrigió sin ruido y sin conflicto. La constitución de Vegas del Genil como municipio único terminó de ordenar lo que siempre había sido natural: Casas Bajas y Belicena volvieron a caminar juntas, unidas como lo habían estado siempre, ya sin la sombra de Purchil a un lado, y con una identidad compartida que por fin encontraba reflejo en los papeles y en la calle.

A comienzos de los años 2000, Casas Bajas vivió una transformación profunda que cambiaría para siempre su fisonomía y su papel dentro de Vegas del Genil. La gran expansión urbana del municipio se desplegó en tres zonas bien definidas, y fue aquí donde encontró uno de sus principales motores de crecimiento. En apenas dos décadas, la población de Casas Bajas superó ampliamente a la de Purchil, consolidándose como un barrio joven, diverso y lleno de nuevas vidas. Llegaron familias, se levantaron casas luminosas y cuidadas, y el barrio se convirtió en un lugar agradable para vivir, donde la tranquilidad de la Vega se mezcló con una nueva forma de habitar. Todo ello sin borrar su origen: la expansión convivió con el barrio original «Los Cortijos«, ese primer núcleo humilde y auténtico que sigue latiendo como memoria viva de lo que fue y de lo que es Casas Bajas

Entre Casas Bajas y la barriada de El Ventorrillo de Cúllar Vega, fue tomando forma la urbanización Caserío del Carmen, levantada sobre tierras de secano donde durante generaciones hubo olivares, la recordada Era del Carmen y, durante un tiempo, el último campo de fútbol de Belicena antes de la construcción de Las Peregrinas. Aquel espacio abierto, de trabajo y encuentro, dio paso a una urbanización de parcelas amplias y viviendas cuidadas, pensadas para habitar con calma y horizonte. Su principal atractivo sigue siendo el mismo de siempre: el campo que comienza justo al terminar las casas, la sensación de respirar campo y la tranquilidad de un entorno que aún conserva silencio y luz. Pese a las reivindicaciones vecinales sobre el mantenimiento de calles, jardines y parques, el Caserío del Carmen se ha consolidado como una zona especialmente valorada para vivir, donde lo urbano y lo rural todavía se miran de frente.
Además, en pleno El Ventorrillo original, junto al Camino de las Galeras, existen dos pequeñas calles aisladas (la Calle Azucena y la Calle Magnolia), junto con un tramo de la Calle Geranio, que forman parte de este entorno y reflejan esa mezcla de límites difusos y crecimiento progresivo que ha caracterizado históricamente a esta zona de transición entre barrios.

Esta fotografía de los años ochenta captura con honestidad lo que fue durante décadas esta zona: caminos de tierra, secaderos, el Cortijo del Diablo, el Cortijo Elías y el Cortijo de la Caleta, rodeados de vega fértil y trabajada, de esa vega buena que daba pan, sombra y vida.
Por aquí discurría el camino que conducía al Ventorrillo, un trayecto cotidiano por el que pasaban vecinos, celebraciones y rutinas sencillas, entre acequias, maizales y tierras abiertas.
Hoy, al mirar esta imagen, no solo vemos un paisaje desaparecido: reconocemos la memoria de un territorio que fue campo antes que barrio, y entendemos que bajo el asfalto y las casas actuales late todavía la Vega, recordándonos de dónde venimos y qué hubo aquí antes de que llegara la modernidad.
Esta zona de viviendas unifamiliares se reconoce por dos almas que conviven en armonía. Por un lado, las calles que llevan nombres de valores (Igualdad, Fraternidad, Ilusión o Alegría), palabras bonitas que no son casuales y que hablan de la gente que llegó buscando una vida tranquila, digna y compartida, un lugar donde crecer, criar y echar raíces. Por otro, las calles que toman el nombre de islas (Mallorca, Menorca o Mahón), evocando horizontes abiertos, viaje y descanso, como si el barrio quisiera recordar que vivir bien también es mirar lejos sin perder el suelo. Entre valores y mares, Casas Bajas fue tomando forma como un espacio nuevo, luminoso y sereno, donde muchas familias comenzaron una historia que hoy ya es parte del barrio.

Paralela al Camino de Purchilejo, entre Belicena y Purchil, se extiende una franja que linda, por un lado, con lo que los vecinos llamaban el Alto del Lugar de Belicena y, por el otro extremo, con la zona conocida como La Malena. En el otro extremo el inicio del camino de San Antón hacia Ambroz, pasando por los Cortijos Casablanca y San Antón. Durante años, este espacio fue vega fértil, campo abierto y horizonte, con apenas la Calle Alhambra como única referencia urbana, hasta que la llegada de la Residencia de Mayores Zayas transforma el entorno y abre la puerta a la urbanización que hoy define una de las zonas más modernas y mejor comunicadas de Vegas del Genil.
Este artículo nace con una intención clara: arrojar luz sobre el nacimiento de Casas Bajas, explicar su historia y entender de dónde venimos. Porque sin ese contexto resulta difícil comprender la realidad actual para cualquier vecino o vecina que no haya tenido contacto con esta memoria compartida. Conocer el pasado no es un ejercicio de nostalgia, sino una forma honesta de dar sentido al presente.
Hoy, los vecinos de Casas Bajas, aunque administrativamente figuren separados de Belicena en aspectos como la mesa electoral, hacen vida en paralelo y en común con sus vecinos beliceneros. Comparten consultorio médico, servicios públicos, calles, comercios y relaciones cotidianas, sin que exista una frontera real ni natural que separe una barriada de la otra. La vida, una vez más, va por delante de los papeles.
No obstante, este crecimiento y consolidación del barrio trae también nuevas necesidades. Los vecinos de Casas Bajas reclaman con razón un mayor mantenimiento de los servicios básicos, más cuidado del espacio público y algún equipamiento deportivo y municipal que esté a la altura de una zona que hoy es una de las más pobladas y dinámicas de Vegas del Genil. Mirar al pasado sirve, precisamente, para exigir con fundamento un futuro mejor: más servicios, más espacios de convivencia y una atención municipal acorde a la realidad del barrio.
Porque Casas Bajas no es solo un nombre ni una expansión urbana. Es historia, es vecindad y es vida compartida. Y entenderla es el primer paso para cuidarla como merece.