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El molino de las monjas de Ambroz es uno de los tesoros históricos de Vegas del Genil. Antiguo molino hidráulico ligado a órdenes religiosas desde la Edad Moderna, conserva el eco de la Vega tradicional: acequias, trabajo campesino y patrimonio vivo. Su origen podría remontarse a época andalusí y hoy sigue siendo un símbolo único de la historia rural de Ambroz.
El Molino de las Monjas de Ambroz es un antiguo molino hidráulico situado en la vega de Granada, dentro del actual municipio de Vegas del Genil. Sus orígenes podrían remontarse a época andalusí, cuando la fértil vega granadina se organizaba con acequias y pequeños molinos harineros. Tras la conquista de Granada en 1492, muchas de estas instalaciones pasaron a manos de la Corona o de nobles, y con el tiempo algunas fueron donadas a órdenes religiosas. En el caso de Ambroz, ya en la Edad Moderna el molino aparece vinculado a un convento de monjas, lo que le dio su nombre característico. Documentos históricos del siglo XVIII confirman la existencia y actividad del molino: en 1797 un labrador de Churriana denunció al molinero Sebastián Pedraza, encargado del “Molino de las Monjas en Ambroz”, por haber manipulado la acequia y anegado sus tierras. Esto indica que a finales del XVIII el molino estaba en pleno funcionamiento y generaba conflictos por el uso del agua, recurso vital en la vega granadina.
Durante el siglo XVIII el molino pertenecía a las monjas Carmelitas Descalzas de Granada, de ahí su nombre. Era habitual que los conventos poseyeran molinos o tierras cuyo arrendamiento les proporcionaba ingresos. En 1792, los Ayuntamientos de Ambroz y la vecina localidad de Purchil elevaron una petición al histórico Juzgado de Aguas de Granada para intervenir en el arreglo del molino, ya que “se había roto la presa de cantería construida en el río […] debido a temporales”. La presa de piedra a la que alude el documento era la represa que desviaba agua del río (posiblemente el rio Dílar) hacia la acequia del molino. Su rotura afectaba no solo al molino sino también al riego de los campos, por lo que las autoridades locales buscaban una solución. Estas referencias evidencian la importancia del Molino de las Monjas en la economía agraria local y su estrecha relación con la gestión tradicional del agua en la zona.

Tras la Desamortización de Mendizábal (1835-1837), muchos bienes eclesiásticos fueron expropiados y subastados. Es muy probable que en esa época el molino pasara a manos privadas, perdiendo la comunidad de Carmelitas su propiedad. A lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, el molino continuó sirviendo como molino harinero para los agricultores locales, aunque la llegada de la industrialización y luego el declive de los cultivos tradicionales de la vega (cáñamo, cereales) redujo su utilidad. Durante el siglo XX su actividad molinera cesó definitivamente. Algunos vecinos recuerdan que el edificio llegó a ser utilizado como almacén o vivienda rústica en décadas pasadas, pero finalmente quedó abandonado y en ruinas.
El apelativo “de las Monjas” se debe a que el molino perteneció durante siglos a una orden religiosa. En concreto, formaba parte de las propiedades del Monasterio de San José de Carmelitas Descalzas de Granada, una comunidad de monjas de clausura fundada a finales del siglo XVI en la capital granadina. Estos conventos solían sustentar su economía con las rentas de fincas rurales, y en este caso las Carmelitas poseían en Ambroz un molino cuyo arrendamiento a un molinero les proporcionaba trigo molido o ingresos en dinero. La gestión cotidiana corría a cargo de molineros seglares (como Sebastián Pedraza en 1797), pero las monjas eran las dueñas legales. Esta relación explica tanto el nombre tradicional del edificio como algunas denominaciones en el entorno: por ejemplo, se conoce un antiguo “Pozo de Santa Clara” en la vega de Ambroz, lo que sugiere la posible presencia de propiedades de otras órdenes (Santa Clara alude a monjas Clarisas) en la zona, señal de la intensa vinculación del territorio con instituciones religiosas históricas.
Tras la desamortización, las Carmelitas Descalzas perdieron el molino, pero el nombre quedó arraigado entre los vecinos. Aun hoy, más de 180 años después, se le sigue llamando Molino de las Monjas. Este topónimo es un vestigio de aquella historia y pone de relieve el papel que tuvo la Iglesia en la organización social y económica de la vega granadina. Aunque las monjas nunca residieron en Ambroz, su molino las vinculaba indirectamente con la vida del pueblo: el grano de los campesinos de Ambroz y localidades cercanas se molía allí, pagándose a las propietarias (las religiosas) el maquíl o porción de harina correspondiente. En suma, el molino fue un nexo entre la comunidad rural y la comunidad conventual de Granada.

Como molino hidráulico tradicional andaluz, el Molino de las Monjas aprovechaba la corriente de agua mediante un sistema de acequias y presas. Se hallaba ubicado junto a la Acequia de Tarramonta, un histórico canal de riego de la vega de Granada. Una presa de fábrica de piedra (cantería) derivaba parte del caudal del río Genil hacia la acequia, elevando el agua lo suficiente para conducirla hasta el cubo del molino. El cubo era la torre o depósito vertical donde se acumulaba el agua para ganar presión; al abrir la compuerta, el chorro de agua caía con fuerza moviendo el rodezno (rueda hidráulica) en la sala de molinos. Este mecanismo hacía girar una o varias muelas de piedra que molían el grano.
Arquitectónicamente, debió ser una construcción sencilla pero robusta, típica de la zona: muros de mampostería (piedra irregular) y ladrillo, con una sola planta o dos a lo sumo. Tendría un tejado a dos aguas de teja árabe, pequeñas ventanas y un interior organizado en la cámara de molienda (donde estaban las piedras molineras y la tolva de grano) y quizá un espacio anejo para almacenamiento de sacos. Muchos molinos de la Vega disponían también de vivienda para el molinero y su familia integrada en el mismo edificio o adosada, dada la necesidad de vigilancia continua del caudal.
No se conservan planos ni descripciones detalladas del Molino de las Monjas, pero por analogía con otros molinos harineros de la Vega granadina podemos imaginar sus dimensiones modestas. El elemento más llamativo sería el canal de conducción y el cubo. Cabe destacar que el término “Molino de Ambroz” aparece en registros antiguos, por lo que pudo haber sido un referente geográfico importante. El camino rural que conectaba Ambroz con otros cortijos pasaba cerca del molino, facilitando a los vecinos el transporte de sus cosechas para la molienda.
En la actualidad, el Molino de las Monjas no se encuentra en funcionamiento y sus restos físicos son muy escasos. El crecimiento urbano y las transformaciones agrarias del siglo XX hicieron que el edificio quedase en desuso y en ruinas. Parte de sus estructuras se han perdido por completo. Donde se ubicaba, en el borde suroccidental del núcleo de Ambroz junto a la vega, hoy existen algunas viviendas modernas en la calle Molino de las Monjas y el viejo edificio abandonado. Es posible que fragmentos de muros o la base del antiguo molino subsistan integrados en alguna tapia o construcción agropecuaria, pero a simple vista el molino no conserva su fisonomía original.

El trazado de la acequia Tarramonta sí se mantiene activo, regando aún huertas de la zona, por lo que el entorno hidráulico no ha desaparecido. Sin embargo, el punto exacto donde estuvo la rueda del molino carece de señalización o protección específica. No figura individualmente catalogado como Bien de Interés Cultural ni en los inventarios patrimoniales municipales actuales. Su recuerdo pervive más en la toponimia que en elementos materiales. El campo de fútbol municipal de Ambroz, inaugurado décadas atrás, lleva por nombre “El Molino” precisamente por su proximidad al lugar donde estuvo el Molino de las Monjas. Ello ha contribuido a mantener viva la referencia entre las nuevas generaciones, aunque el edificio histórico ya no exista como tal.
A lo largo de su historia pluricentenaria, el Molino de las Monjas ha pasado por diversos usos y etapas:
En suma, su uso evolucionó de infraestructura preindustrial esencial a ruina histórica. Cada etapa refleja cambios más amplios: el fin del Antiguo Régimen, la revolución industrial y la expansión urbana del área metropolitana de Granada.

Aunque físicamente casi desaparecido, el Molino de las Monjas de Ambroz posee un notable valor patrimonial inmaterial. Representa el legado de la cultura del agua y de la molienda en la Vega de Granada. Es un testigo de la importancia que tuvo la red tradicional de acequias y molinos para el desarrollo agrícola de la región. Su nombre evoca la conexión entre el mundo rural y las instituciones religiosas, aportando dimensión histórica al paisaje actual.
A nivel cultural, el molino forma parte de la identidad local de Ambroz. Muchas personas mayores todavía recuerdan historias asociadas al lugar, y su denominación perdura en el vocabulario cotidiano (por ejemplo, “el camino del Molino” para referirse a ciertos parajes). En algunas rutas y paseos culturales organizados por el municipio, se incluye una parada para explicar la historia del Molino de las Monjas, junto a otros hitos de Ambroz como la antigua ermita, los pozos o el Cortijo de San Ignacio. De hecho, es considerado uno de los lugares emblemáticos del pueblo por su carga histórica.
Desde el punto de vista turístico, al no conservarse el edificio, el atractivo es más intelectual que visual. No obstante, el entorno del molino, con la vega, las acequias y los caminos entre chopos y campos de cultivo, ofrece un paisaje rural típico muy apreciado por senderistas y cicloturistas. Integrar la historia del Molino de las Monjas en la narración turística de Vegas del Genil enriquece la experiencia de quienes visitan la zona interesados en el patrimonio etnográfico. Por ahora, no existen instalaciones museísticas ni paneles informativos específicos sobre el molino, pero podría plantearse en un futuro su puesta en valor mediante señalización o reconstrucciones virtuales, dado su potencial didáctico.
Como dato curioso, el nombre “Molino de las Monjas” ha generado a veces preguntas entre los visitantes, imaginando leyendas de monjas molineras o tesoros ocultos. Si bien no hay constancia de leyendas específicas ligadas a este molino, el topónimo en sí mismo es llamativo. Recuerda que detrás de un sencillo molino de harina había una comunidad de monjas orantes, a kilómetros de distancia, beneficiándose de su producción. Este vínculo remoto entre Ambroz y un convento granadino es un ejemplo pintoresco de cómo se entretejían la economía y la religión en la España preindustrial.
Otra anécdota histórica es que el campo de fútbol local lleva el nombre “El Molino”. Así, cada vez que hay un partido o evento deportivo en Ambroz, indirectamente se homenajea la memoria del viejo molino. Del molino original ya solo permanece el eco en los nombres, pero ese eco ha resultado suficientemente fuerte para sobrevivir al paso del tiempo.
En conclusión, el Molino de las Monjas de Ambroz fue más que un edificio: fue un engranaje fundamental de la vida en la vega granadina durante siglos. Su historia, desde sus posibles raíces nazaríes y su etapa bajo tutela de unas monjas, hasta su declive en la era moderna, resume la evolución de toda una comunidad. Hoy, aunque reducido a ruinas y recuerdos, sigue siendo parte del patrimonio cultural de Vegas del Genil, invitándonos a apreciar y proteger la rica historia rural de Granada.